La prisionera permanecía tumbada de lado, inconsciente, desnuda salvo por su ropa interior, con las manos atadas a su espalda con otra sujeción alrededor de su tronco superior, los brazos cruzados sin clemencia y sus piernas atadas por los tobillos y las rodillas.

Tiene suerte de que no sea peor, pensó su captora. El procedimiento estándar de interrogatorios incluía despojar al cautivo de toda su ropa y obligarle a permanecer en posiciones más dolorosas, pero esta prisionera no estaba allí para ser interrogada. Estaba allí para morir.

Pero dado que era vulcana—

Medio vulcana.

—al quitarle su uniforme de la Flota Estelar la exponía al frío y la humedad de la sucia habitación alquilada. Su piel ya mostraba estomas levantados y se estaba volviendo de un verde helador.

Cuanto más se le muestre lo precaria que es su posición, mejor.

La captora golpeó con sus puntiagudas y duras uñas el casco que se encontraba en la mesa de su izquierda. Específicamente diseñado para interrogatorios, el casco enviaba impulsos cortos y punzantes a los oídos del preso, así como una luz cegadora a los ojos. Los vulcanos, a veces, alcanzaban tal nivel de concentración que el ruido y la luz no les afectaban, pero no siempre. En estos últimos casos, aguantaban más que otras especies, pero acababan igual de desquiciados.

Ella lo había colocado en la cabeza de la prisionera mientras la trasladaba, a pesar de que su cautiva nunca había recuperado el conocimiento. Pero en caso de que lo hubiera hecho, el casco y sus dolorosas distracciones estaban pensados para mantenerla ocupada, disminuyendo las posibilidades de que se defendiera, o de que aprendiera el camino de vuelta de donde la estaba llevando.

Pero usar el casco en el futuro dependía de cuanto tiempo iba a disponer. Al menos, la prisionera estaría bajo su control total si se llegaba al caso.

Recuerda el objetivo: confirmar la amenaza que representa y entonces matarla. Si es posible, usar el casco y cualquier otro medio, como el disruptor, para hacerle pagar por los problemas, y posibles problemas, que la prisionera le había causado.

Agarró un tricordio y una vez más escaneó a la mujer inconsciente. Ningún chip transpondedor bajo su piel; qué raro. Pero bueno, ella no sabía que la estaba persiguiendo. Metió el tricordio bajo los otros objetos justo a tiempo.

La prisionera se estremeció. Su cuerpo trató de estirarse antes de que estuviera consciente, pero las ataduras evitaron que se moviera de su incómoda posición. La captora observó curiosa, creyendo que podía ver los pensamientos que se producían en su mente.

La expresión serena permaneció en el rostro de la prisionera incluso a pesar de las ligaduras informándole de que estaba atrapada. ¿Así que se hará la dormida? ¿O se dará cuenta de que estoy en la habitación y que tal engaño es inútil? Los músculos se tensaron alrededor de sus ojos y las ventanas de su nariz se ensancharon; la captora imaginó sus sentidos despertándose, teniendo en cuenta todo menos la vista, antes de que pasara un segundo de inacción y sus oscuros párpados se abrieran de repente, los ojos encontrándole inmediatamente en el cuarto.

Ver aquel rostro como una imagen en una ficha no le había preparado para verla en la realidad, o para darse cuenta de la gran diferencia que había cuando esos ojos se clavaron en ella.

—Ya era hora —dijo.

Se mantuvo al otro lado de la pequeña habitación, pero agachada, el disruptor colgando de su mano entre sus rodillas. Inclinó la cabeza a su derecha de modo que se miraban mutuamente desde la misma perspectiva.

 —Ya me has hecho esperar bastante.

Esperó a que aquellos ojos la registraran: pelo azabache mostrando ya algunas canas y recogido detrás de sus orejas puntiagudas; estatura media y en forma para el combate; ojos azules profundos y expresivos, con una cicatriz apenas marcada recorriendo su rostro desde su ceja derecha arqueada hasta el comienzo del pelo cercano a su mejilla; ropa suelta e informal que casi se fundía con el cuarto gris y marrón con su capa de mugre y sus manchas; disruptor en la mano y empuñadura de arma blanca sobresaliendo de su bota derecha.

Ningún signo de reconocimiento. ¿Era ese sentimiento momentáneo e instintivo que sentía uno de desilusión o de alivio? No importaba; fue inmediata y ferozmente aplastado.

La prisionera tomó aire con lentitud y luego lo soltó silenciosamente. El hedor en el aire era nauseabundo; algo definitivamente había muerto allí dentro, entre otros olores acerca de los cuales era mejor no pensar.

La captora apretó sus labios. Por lo menos no estropeo la estancia por matarla aquí.

Aquella respiración profunda era la precursora de la preparación de la prisionera, que se levantó del suelo impulsándose con los músculos de su hombro y su rodilla. Inmediatamente se sujetó con su espalda contra la pared, evitando volver rápidamente al suelo, y entonces empujó de nuevo hasta alcanzar una posición sentada.

La cabeza de su captora siguió su progresión.

—¿Algo más?

La prisionera esperó, evaluando su reacción, y entonces deslizó sus manos atadas por debajo de su cintura y sus piernas encogidas hasta que quedaron apoyadas más cómodamente en su regazo; un logro nada sencillo considerando que sus antebrazos estaban firmemente atados contra su cuerpo. Ella volvió de nuevo a mirar con calma a su captora que le devolvió la mirada con sarcasmo.

—Eso parece. ¿Supongo que ya ha terminado por ahora?

No hubo repuesta, pero no esperaba ninguna. La manera relajada con la que cogía el disruptor era engañosa. Cualquier signo, cualquier signo como una contracción o una respiración contenida de su prisionera, y levantaría el disruptor, apuntaría y dispararía. La prisionera lo sabía y no se movió.

La captora se levantó y puso el arma sobre la mesa, al lado del casco. Pasó distraídamente sus dedos sobre el último objeto, observando como la prisionera miraba primero en esa dirección y luego volvía a ella.

Así que o no sabe para lo qué sirve o no le importa. Otra cosa que daba igual.

—¿Sabe porqué estás aquí?

La prisionera habló finalmente.

—Saavik, comandante, número de identificación—

—Ahórreselo, aunque aprecio el que me confirme quien es

La captora metió la mano debajo del casco, evaluando la reacción de la prisionera a la cosa desconocida y oculta. Vigilante, pero no asustada, ni siquiera inquieta. Mejor de lo que pensaba. Se quitó el cumplido de la cabeza al recordar bruscamente porqué estaba allí.

Sacó el tricordio y lo activó, dando la vuelta a la pantalla de modo que su cautiva pudiera ver lo que se mostraba en ella. Se puso de nuevo de cuclillas para estar a la misma altura. La prisionera era más alta que ella, pero toda atada no suponía ninguna amenaza. Los pocos muebles estaban a su lado de la habitación: una mesa, una silla y una cama en el que ninguna persona decente se acostaría; y por tanto libres de ser usados como armas por esas largas piernas.

—¿Ve? —Señaló los datos en la pantalla—. Todo lo que me acaba de decir. Así que avancemos, Comandante Saavik, primer oficial y oficial científico del U.S.S. Armstrong.

—No le daré ninguna otra información, Comandante Ajeya del Aminta y el Liusaidh, de la Casa de Seble-Fiyal.

Sus alarmas internas saltaron. Cuidadosamente evitó reaccionar abiertamente, pero su mano apretó con más fuerza el tricordio, y deseó sacar el disruptor. Me ha ocultado el hecho de que me reconocía antes. Maldita sea, ¿qué más sabe?

—¿Nos conocemos?

—Estoy tan al tanto de los informes de Inteligencia de la Flota Estelar que se refieren a comandantes destacados como usted de mi informe elaborado por su Imperio.

—Por supuesto —sus alarmas cesaron—. Pero en respuesta a su negativa a darme información, usted no está en posición de decirme lo que haré y lo que no.

—Saavik, comandante, número de identificación—

—Sí, ya lo sé. Hablemos de lo que quiero que conteste.

—No estamos en una nave.

La respuesta inesperada dejó sus palabras siguientes en la punta de su lengua, y el modo en que los ojos de la prisionera le miraron por encima y, a continuación, en su interior, explorándola, hizo estallar el temperamento de Ajeya. Lo disimuló con una sonrisa burlona y una reprimenda.

—No puede hacerme cambiar de tema, y no puede tomar el control. Y, créame, contestará mis preguntas.

—No viste de uniforme, comandante.

¡Aquello era ridículo!

—Estamos en el mismo planeta neutral por el que se paseaba felizmente hace una hora. Añadiré que le atrapé fácilmente. Debería estar avergonzada. Un planeta neutral no significa un lugar seguro para usted.

Saavik —no, ¡la prisionera! No se dignaría a reconocer un nombre. — ladeó la cabeza, observándola de nuevo hasta que se estiró todo lo que podía, sus pies alcanzando una silla y lanzándola con toda la fuerza de la que fue capaz. Pero como Ajeya había planeado, la distancia era un poco demasiada para que la prisionera consiguiera un momento real con su patada; no es que aquellas piernas tuvieran mucha potencia de todas formas, habiendo permanecido atadas durante tanto tiempo. Ella sonrió de oreja a oreja cuando la silla golpeó la pared y nada más.

Pero la prisionera volvió a su posición sentada tranquilamente, escuchando. Alguien con acento telarita abajo en el recibidor les gritó que dejaran de hacer ruido mientras que otro cliente golpeó el techo sobre ellas. Nada más.

La prisionera asintió.

—No hay guardias.

—¿Cree que eso es importante? Me basto y me sobro para vérmelas con usted, sin contar con el hecho de que yo soy la que está aquí de pie al mando y usted es la que está atada en el suelo.

—Estamos en un cuarto en espacio neutral, Comandante, no romulano, no en su nave, y sin su uniforme o una fuerza acompañándola.

Tal vez aquello fuera interesante después de todo. Tenía tiempo. Se estaba divirtiendo observando cómo aquella mente trabajaba, y le sorprendía. Agarró la silla maltratada, le dio la vuelta y la colocó bien.

—Todo correcto.

—Eso hace altamente probable que esto sea un ataque personal que no tiene nada que ver con su Imperio.

Ajeya se lo pensó, y decidió que decirle la verdad no dañaría su situación.

—También correcto. Y ahora, ¿qué beneficio le proporciona eso?

—Satisface mi curiosidad.

La prisionera de ningún modo podía saber cuánto dolían esas palabras. Él había dicho esas mismas palabras, tal y como ella había estado recordando con tanto enfado durante estos últimos días que le habían llevado tras Saav— su prisionera. Él había alzado sus ojos febriles mientras su cuerpo era consumido por el daño provocado sobre él, forzando una delgada capa de control sobre sí mismo, mientras ella daba vueltas en torno a él con superioridad.

Lanzó la silla hacia atrás y, esta vez, se hizo añicos contra la pared. Apuntó el disruptor entre los ojos de la prisionera, y sintió el primer acceso de pura furia remitir bajo su control. La prisionera lo notó y se volvió más vigilante, más cauta, pero igualmente bajo control.

—Está bien, vamos a empezar de nuevo. Yo haré las preguntas, usted dará las respuestas. Su vida depende de ello.

—Me matará colabore o no.

—Sí, lo haré, pero lo larga y dolorosa que sea su muerte depende de usted. Confirmó su identidad, dígame ahora: ¿Estuvo en la batalla de Tomed, como la llaman ustedes?

Frunció el ceño y sus ojos se entrecerraron, pero en confusión, no furia.

—Sí. ¿Estuvo allí?

Ajeya disparó el disruptor, fallando deliberadamente por muy poco, y el disparo dañó el pelo de la prisionera. La vulcana se apartó cuando el yeso de la pared cayó sobre su cara, quemándola y cortándola. Volvió a su posición inicial, con su mirada dura ahora, la sangre verde cubriendo su piel sobre una fea quemadura.

Heridas leves, nada más. Los vecinos no se quejaron esta vez. La captora se rió para sí; nadie en un sitio de mala muerte como aquel se molestaría en interferir. Sólo esperaban a que acabara con su asesinato o tortura para que el ruido cesara.

 —Contestara sólo a lo que yo le pregunte. Acaba de gastar el único disparo de advertencia que voy a darle. Cualquier otro comentario y lentamente le reduciré a cenizas. Sigamos. Su hoja de servicio también indica otros conflictos con mi pueblo. Una batalla en un planeta menor donde tomo el mando de su nave, entonces el USS Venture, cuando su capitán fue herido. Una misión encubierta dentro de la Zona Neutral donde se apropió de información que debía pasar a nuestras manos. Una misión de rescate en la que una vez más se hizo pasar por romulana, esta vez como comerciante, y rescató a dos oficiales de la Flota Estelar.

La prisionera la observó en silencio, y cuando Ajeya hizo una pausa, dijo con calma:

—Si me permite, si pudiera leer su informe y señalar cualquier información falsa, usaríamos el tiempo de forma más eficiente.

Ajeya le lanzó el tricordio a su regazo y esperó con fría paciencia. Al cabo de un rato, la prisionera alzó la mirada.

—Es correcto, para la información que han recogido.

—No estoy interesada en nada salvo la información de ese documento. Es medio-romulana.

Una pausa.

—Sí.

—Nos hemos visto antes.

Por primera vez, la prisionera dio muestras de haber sido descolocada.

—¿Perdone?

—Nos hemos visto antes.

Otra pausa.

—Creo que se equivoca.

—Thieurrull, 872 Trianguli V, traducción a la lengua de la Federación, La Guardia del Infierno.

Ajeya buscó cualquier reacción, usando lo que sabía acerca de los vulcanos y cómo leerlos. Tal vez la prisionera no mostrara más que una ligera tensión en su expresión, pero algo, algo bajo su apariencia...

—¿Es ese encuentro el motivo por el que estamos aquí?

Definitivamente, había un puntillo en esa voz, pero, ¿qué significaba realmente? Seguramente hasta a un vulcano se le estaba permitido un punto en esas circunstancias. ¿Y por qué me habría de importar?

Se lo pensó antes de hablar, de nuevo ponderando el daño que la verdad podría causar.

—Mayormente, sí. Más bien estamos aquí por lo que éramos en aquel planeta.

Captó cómo aquel algo crecía, pero su prisionera estaba décadas por delante de la criatura salvaje que había sido entonces, y con demasiada experiencia como para no controlar su lado romulano.

—¿Y quiénes éramos?

Ajeya sonrió, su propia explosión de temperamento olvidada, y disfrutó de la muestra de valor de la por lo demás mujer vulcana. Pronto la prisionera aceptaría su muerte con resignación cuando viera que escapar de ella era imposible: lógico y predecible. Como los vulcanos siempre hacían, como él lo había hecho.

—Quiénes éramos...

Apoyó la cadera contra la mesa, el disruptor todavía apuntándole con firmeza, ahora al pecho de la prisionera.

—Yo era una de los soldados enviados a desmantelar la colonia. Me marché con la primera tanda, embarcando todo el equipamiento excepto el que era necesario para la defensa hasta que la última tanda se marchara. Usted era una evidencia de un error que queríamos ocultar. Estaba designada para ser ejecutada, usted y los otros como usted. Obviamente, alguien no cumplió sus órdenes.

Nada. Por supuesto que no; un vulcano no discutiría hechos probados. La prisionera estaba resultando decepcionante.

Se inclinó contra el marco de la puerta.

—¿No hay más preguntas?

—Usted fue muy explicita indicando que no estaba abierta a ellas, ¿lo recuerda?

Ajeya sonrió abiertamente, gratamente sorprendida, y asintió en aprobación.

—¿Sarcasmo o acidez?

Saavik –la prisionera—echó su cabeza hacia atrás y la miró con noble dignidad, no engañando en absoluto a Ajeya.

Se burló de la muestra de serenidad de la prisionera.

—Vale, prefiero seguir haciendo las preguntas de todos modos. ¿Por qué no fueron ejecutados?

—Nos dejaron en la calle.

Su respiración se aceleró en ese momento.

—¿Por qué?

—No se nos dio ninguna explicación.

Ajeya disparó y otro agujero se abrió en la pared. El disparo dañó las costillas de la prisionera, cuya herida se cauterizó inmediatamente. La prisionera se encogió en un acto reflejo y permaneció así, recuperando el control.

—Le avisé. Pedacito a pedacito le reduciré a cenizas. ¿Por qué no fueron ejecutados? Sé que lo sabe.

La prisionera se irguió, tratando de ocultar el cuidado con el que lo hacía. Casi tuvo éxito.

—No se nos dio ninguna explicación. Sin embargo —Ajeya relajó el dedo en el gatillo.— Los vulcanos que quedaban y nosotros fuimos usados como cobayas para pruebas de armamento.

—Obviamente, no todos ustedes. ¿Qué más sabe?

—Ya no sé nada más.

El tono de desafío de la prisionera era demasiado elevado. El disruptor disparó de nuevo, esta vez más alto, alcanzando el antebrazo y el hombro.

La prisionera no se molestó en estirarse esta vez antes de alzar la vista, dolorida. Ese algo apareció más cercano a la superficie y fue controlado de nuevo.

—Nunca he visto un informe completo, sólo las notas de uno de los científicos. Los informes completos fueron destruidos.

El nudo en el estomago de Ajeya se deshizo.

—Bien. Mal sin embargo que esté todavía rondando por aquí. No quiero dedicarme a rastrear archivos por el universo.

—¿Qué podría importar?

Ella se encogió de hombros.

—Se nos dio unas órdenes. Llego tarde, pero pienso cumplirlas.

—¿Después de todo este tiempo? Si tanto le ha preocupado, ¿por qué esperar hasta ahora?

Iba a disfrutar la siguiente parte.

—No sabía que nada de esto había ocurrido... hasta que se convirtió en una molestia lo suficientemente grande como para que su ficha mereciera ser mencionada a los comandantes. Usted llamó mi atención sobre este problema. Aquí estoy. Y después de usted, tras cualquiera como usted que quede todavía vivo.

Se regodeó cuando los ojos serenos mostraron que caían en la cuenta. Se rió por lo bajo; era un sonido agradable.

—Menuda mierda de recompensa por hacer bien su trabajo, ¿no cree? Pero debo darle las gracias. Si alguien más le hubiera descubierto antes que yo, habría resultado embarazoso.

—Dijo que mi ficha fue dada a otros comandantes romulanos. ¿No es ya demasiado tarde para eso?

—No. Nadie se ha dado cuenta del hecho de que yo estuve allí. Y una vez que esté muerta, ya no hay evidencia.

Ajeya alzó el disruptor.

—¿Sus últimas palabras?

Esos ojos eran tan fríos, tan duros, y ese algo trataba de escapar.

—Como prefiera.

Apuntó, pero su blanco estaba vacío. La prisionera se dio la voltereta y estiró sus pies con violencia, con todavía suficiente fuerza como para golpear duro a la romulana en el abdomen. Se quedó sin aire y trastabilló. La puerta cerrada le salvó porque al golpearla, ésta la mantuvo de pie.

Se rió con malicia. ¡Los vulcanos mueren cuando es lógico hacerlo! ¡Ellos no se resisten cuando es inútil! Pero los ojos de su objetivo la maldecían con vehemencia como si la mandíbula apretada pronunciara las palabras.

Se detuvo, casi... casi con admiración.

Pero la prisionera era una amenaza, especialmente viva, y Ajeya nunca dejaba que nada, especialmente algo tan insignificante como la admiración, le impidiera acabar con aquellos que suponían una amenaza.

Esos ojos sin embargo, le recordaban a—

De pronto, sintió el hormigueo familiar del haz transportador. Rápidamente hizo un disparo mientras la prisionera se tiraba hacia un lado. La caída no se completó y el fuego del disruptor no llegó a alcanzar su blanco antes que el rayo les alcanzara a ambas.

Spock esperaba en el cuarto del transportador al lado de un tenso capitán Truman Howes. No se habían dicho ni una palabra desde que el equipo de Saavik se había transportado abordo sin ella.

Uno de estos tripulantes atribulados empezó de nuevo a explicarse.

—Capitán, nosotros...

Los ojos azules claros de Howes se clavaron en él con dureza. El joven teniente se calló e intercambió miradas nerviosas con sus compatriotas. Spock vio que empezaban a sudar.

Tampoco tenía palabras ni tiempo para ellos. Como Howes, él quería a Saavik sana y salva de nuevo en el Armstrong antes de escuchar las explicaciones. No, más que Howes; Saavik era su prometida. Su vínculo le aseguraba que estaba viva. No podía decirle durante cuanto tiempo lo seguiría estando.

—¡Capitán, tenemos una descarga de arma en el rayo! —la jefe del transportador anunció.

—¡Desármelo! —Howes ordenó, y señaló al equipo de seguridad que estaba esperando. Ya dispuestos en firmes, desenfundaron sus armas.

Spock se contuvo con firmeza para no dar órdenes. Ya no estaba en la Flota Estelar. No tenía una posición de mando allí. Se contentó con hacer lo que podía: pensar acerca de aquella descarga, preguntarse si estaba dirigida a Saavik, o si se estaba defendiendo de la otra persona atrapada por el haz transportador, una persona que los sensores confirmaban era romulana.

Dos figuras se formaron en los discos del transportador, e incluso si sólo sus pautas eran visibles, Spock sabía que Saavik era la que estaba encogida y cayéndose. En los meros segundos que las figuras tardaron en solidificarse, Spock cruzó la habitación.

La jefe de seguridad le llamó:

—Señor embajador, apártese, por favor, déjenos-- ¡Capitán!

Spock agarró a Saavik en el instante en el que era seguro hacerlo, apartándola del peligro y dejándola a sus pies en un solo movimiento. Se medio volvió al mismo tiempo, creando un escudo protector, y sintió más que vio cómo Howes aferraba la mano de la romulana que portaba el arma y la apartaba hacia arriba, lejos de todos los presentes. Seguridad cubrió todo el espacio mientras Spock rápidamente apartaba a él y a su pareja del peligro.

Saavik estaba tratando de sostenerse de pie, pero sus piernas habían estado atadas demasiado tiempo, negándoles su circulación habitual; los músculos cedieron bajo su peso y casi se cayó. Él todavía la sostenía, así que sencillamente la sujetó con más fuerza para mantenerla erguida.

Él sintió la sangre bajo su mano donde la sujetaba, y llamó al equipo médico antes de que tuviera tiempo de mirarla. Quitó la mano de la herida en su bíceps derecho y su hombro, y no dijo nada acerca del fuerte olor a carne quemada que registraba entonces su nariz; o acerca de verla sin su uniforme, marcada por el frío y las heridas, y atada por cuatro veces a lo largo de su cuerpo.

Tomó la primera atadura, la de alrededor de su pecho y sus brazos, planeando romper el duro sintético, pero Howes estaba de pronto allí sosteniendo un puñal. Un puñal romulano.

Se encontró con los ojos del capitán sobre la hoja.

—Lo tomé prestado de nuestra invitada.

Spock asintió levemente. Las cuatro ataduras cayeron rápidamente una tras otra al suelo. Se quitó su túnica exterior y arropó con ella a Saavik. Ella se frotó sus agarrotados músculos, estimulando la vuelta del flujo sanguíneo, mientras el doctor Rhys le examinaba las heridas. Ese fue el momento en el que por fin ella y Spock se miraron. La mirada lo dijo todo.

Había llegado el momento de las palabras, pero él era muy consciente de su audiencia. Alzó una ceja con calma, en ningún momento soltando las manos que todavía la sujetaban.

—Saavik, ser capturada tan sólo limita aún más el escaso tiempo que hemos tenido para estar juntos desde nuestro compromiso hace 4,73 años.

Ella le entendió, por supuesto. Ahora no era el tiempo ni el lugar.

—Ése no era mi plan inicial –le respondió con sarcasmo.

—¡No, no lo era! —Howes dijo entre dientes, manteniendo su voz baja para no ser oída por su prisionera y la tripulación presente.

Spock dejó caer los brazos una vez vio que finalmente se mantenía en pie por sí misma. Su equipo de campo lanzó miradas nerviosas en su dirección, y ella nunca habría querido que la vieran débil si era posible.

—Siento interrumpir, señor embajador —los ojos de Howes se clavaron en su primer oficial— ¡pero no tenía que combatir al enemigo! ¡Y ciertamente no tenía que ir a ningún sitio sola sin su equipo! ¡Tenía que esperar hasta que la nave volviera de coger al embajador!

—Ese plan necesitaba ser alterado, capitán.

—No tanto.

—Señor —Rhys les interrumpió,— sugiero que continúen esta conversación en la enfermería. Las heridas de la comandante Saavik no son graves, pero necesitan ser atendidas.

Nadie iba a discutir eso, y Rhys ordenó que trajeran una camilla.

—Puedo caminar —Saavik dijo inmediatamente.

—Con dolor —Rhys remarcó— y no quiero que fuerce esa herida inferior. Gracias a Dios que no está en el lado del corazón.

Ella parecía dispuesta a discutir, pero Howes parecía dispuesto a cogerla y tumbarla en la camilla, y Spock estuvo seguro de enviar el mensaje de que él apoyaría al capitán cuando ella le miró brevemente. Después de todo, el doctor Rhys era el oficial médico jefe. Incluso Spock sabía que había que seguir su consejo.

El equipo de Saavik permanecía rígidamente en firmes. Como si le hubieran pedido algo, ella asintió con la cabeza.

—Señor, permiso para que el equipo de campo pueda retirarse. Sugiero que hagan su informe completo después del mío.

—Podrán retirarse cuando me hayan explicado cómo fastidiaron la misión tanto que acabó con usted siendo capturada.

—No cometieron ningún error, capitán. Cumplieron mis órdenes. Mis cálculos fueron incorrectos respecto a lo rápido que sería capturada y la posibilidad de rastreo de mi ruta —ella dijo. — Mi enemiga tenía más recursos de los que se le permitía.

Esto desvió los ojos de Spock momentáneamente hacia una ahora muy furiosa romulana que se daba cuenta que había caído en una trampa. Mantuvo su respiración cuando la identificó.

Howes estaba diciendo con firmeza:

—Eso no es excusa para perder... Dios bendito, ¿esa no es la comandante Ajeya?

Seguridad la tenía bajo control con más guardias de los que normalmente requería la situación. Sin lugar a dudas ellos también reconocían lo que tenían. Dos guardias llevaban marcas de su lucha por controlar a la prisionera, y ella todavía se resistía aún atada. Ella miró a su alrededor, vio los fásers apuntando a su cabeza y la fuerza y cantidad de los oficiales de seguridad dispuestos a saltar sobre ella. Se quedó quieta, y Spock notó el brillo de la astucia. El plan de ataque romulano: espera, aparenta estar relajado, y entonces ataca cuando el otro baje la guardia.

El escudo que él había provisto ya no estaba y Ajeya vio a Saavik. Sus ojos se incendiaron de rabia.

Saavik se cuadró, y levantó la mirada: una fuerza inamovible contra otra. La incongruencia de Ajeya desafiándola aun estando inmovilizada, y Saavik respondiendo aun herida y apenas vestida no detuvo a ninguna de las dos.

En algún lugar dentro de Spock, algo conectó. Recordó el disruptor apuntando a su esposa, y al jefe de transporte diciendo que el arma había sido disparada cuando el rayo les atrapó. Saavik tenía suerte de estar viva. Había logrado evitar el primer disparo, pero ¿cuántos más hubiera podido evitar antes de que sus músculos privados de sangre cedieran?

Howes indicó a seguridad que se llevaran a la prisionera, dando en voz baja órdenes a su jefe de seguridad en cómo asegurarse bien de que la prisionera no causaba más problemas. Los ojos de Ajeya permanecieron sobre Saavik que devolvió la mirada hasta que la puerta se cerró.

—Señor, ¿el equipo de campo?

—Como bien dijo, puedo hablar con ellos después de que usted me haya informado.

Giró la cabeza, indicando su permiso para retirarse.

El equipo se marchó, claramente aliviado, y cada uno de ellos lanzó una mirada de agradecimiento a Saavik, una mirada que se transformó en preocupación al verla herida, y cambió a divertida a la vista de ella erguida, en ropa interior y con la túnica de Spock, conteniendo la ira de su capitán.

La camilla llegó, y Saavik evitó que cualquiera se ofreciera a ayudarle subiéndose ella misma... con delicadeza. Rhys seguramente lo notó, pero Spock se preguntó si alguien más había visto los primeros signos de stress que ella mantenía bajo control.

Mientras se trasladaban a la enfermería, su miraba cambiaba entre ella y Howes.

—Mencionaste que fuisteis prevenidos de este ataque, ¿es correcto?

—Sí —Howes respondió al mismo tiempo que Saavik replicaba:— No.

El capitán parecía dispuesto a discutir, pero desistió. Spock, después de todo, era su pareja. Ella era la que debía hablarle acerca de los rumores que habían recibido sobre alguien recopilando información sobre ella. En la mayoría de los casos los rumores no fueron confirmados, sin embargo, cada uno de ellos se acercaba más a la localización del Armstrong. Hace una semana, el capitán Mattoon de la nave científica Assay les envió pruebas de que alguien estaba obteniendo inteligencia de los mundos neutrales.

Saavik se explicó:

—Esta persona desconocida logró descubrir que éramos la nave designada para tu misión. Por supuesto, el nivel de seguridad de esto no es muy alto, sin embargo...

Las puertas del ascensor se abrieron, pero algunos tripulantes que esperaban bloqueaban la puerta. Se apartaron al instante del camino incluso antes de que las palabras de Howes salieran de su boca.

—Sin embargo —Spock finalizó para ella, —cualquier fuente externa descubriendo misiones diplomáticas de la Federación resulta molesta.

Ella asintió.

—Especialmente ahora que sabemos que era una fuente romulana.

Se ideó un plan. Se anunció un cambio en las órdenes: el Armstrong llegaría a ese mundo bajo el pretexto de que el punto de recogida de Spock había sido cambiado. La nave dejó a Saavik y su equipo mientras se reunía con Spock como se había acordado inicialmente, pero bajo el ardid de reunirse con partes interesadas en comerciar por suministros médicos.

—En realidad, mi equipo y yo íbamos a averiguar quien era la persona responsable de buscarme, y aprehenderla cuando la nave volviera. Sin embargo, capitán —Saavik finalmente se dirigió a Howes— lo que descubrí fue que nuestro objetivo no iba a descubrirse con una nave de la Federación en órbita. Alteré nuestro plan.

—Usándose a usted misma como cebo.

Ella asintió de nuevo.

—Tras discutir los detalles con el equipo.

—Que rápidamente la perdió.

Ella arqueó sus cejas.

—No. Ellos hicieron exactamente lo que planeamos. Yo me fui por mi cuenta. Tan pronto como descubrieron que había sido capturada, ellos contactaron con la nave y arreglaron el transporte.

—¿Sin chip transpondedor? ¿Después de tanto tiempo?

—Sabía que mi adversario buscaría el chip y lo quitaría de forma violenta. En su lugar, impregnamos en mi piel un residuo químico microscópico. El componente no es originario de este planeta. Si lo comprueba con la jefe de transporte, ella le confirmará que fue informada por el equipo de campo de que debía escanear en su búsqueda, pero necesitábamos la potencia de los sensores de la nave.

—¿Es eso lo que aparece en mi escáner? —Rhys preguntó.

Entraron en la enfermería.

—En su escáner, sí. Calculé una probabilidad de un 90,7563% de que mi antagonista no buscaría nada que no fuera armas o comunicaciones.

—¿Y si sus cálculos hubiesen sido incorrectos? —Howes preguntó.

Levantó sus cejas de nuevo.

—Le pido disculpas por haberle hecho preocuparse por mi bienestar, capitán.

Howes se puso todo rojo, y miró hacia otro lado al mismo tiempo que un sonido ahogado salía de su boca:

—Aaaaah.

Spock reconocía los síntomas. El capitán de Saavik estaba enfadado por el miedo a lo que podía haber pasado.

—La comandante Ajeya —Howes tomo aliento. — Supuestamente se defendió con éxito de cuatro naves de la Federación con su anticuado Pájaro de Guerra.

Saavik no estaba impresionada.

—No considero que sea tan capaz, capitán.

Spock sí.

Él y Howes hicieron hueco a Rhys y su personal. Él se movió hacia la cabeza de ella mientras el capitán se situaba a la altura de sus piernas en el lado opuesto a sus heridas.

Howes estaba preguntando:

—¿Por qué le persigue?

—Eso es lo que pretendo averiguar cuando la interrogue.

—No, comandante —Howes detuvo su protesta. — Es lo que yo voy a averiguar cuando la interrogue. Usted se queda aquí.

—Nada de protestas, Saavik —se acercó más a ella. — Sé lo fuerte que es, pero incluso usted necesita tomar su tiempo para recuperarse.

—Capitán, un compromiso. La comandante Ajeya está tras una venganza personal. Debo terminar esto yo misma. El doctor Rhys ha determinado que mis heridas no son graves. Seguiré su tratamiento sea cual sea, pero debe permitirme interrogar a la prisionera sola.

Spock no vio la reacción de Howes a las palabras “venganza personal” o la petición de Saavik de estar a solas con alguien tan peligroso como Ajeya. No vio su reacción porque estaba demasiado absorto en la suya propia. ¿Qué era lo que quería la romulana de Saavik que ella se empeñaba tanto en mantener a Howes al margen de ello?

El capitán tomó su decisión.

—Un compromiso mayor. Lleva acabo el interrogatorio con seguridad presente y usted fuera del campo de seguridad de la celda. Yo también estaré allí, pero le prometo que le dejaré encargarse de ello. No hay trato mejor posible, Saavik. Esa mujer es uno de los mayores peligros de los que tenemos constancia, y ha atacado a alguien importante para mí. No sería su capitán si simplemente lo pasara por alto.

Un comentario que fue muy apreciado, pero que no ganó la discusión. Spock conocía su expresión demasiado bien. Era por eso por lo que se mantuvo sabiamente callado durante toda la conversación mientras se preguntaba a qué se debía su insistencia.

—Capitán —un spray antibiótico le hizo detenerse, pero sólo por un segundo. — Esa mujer me está dando caza. No debo hacer nada que me haga aparecer débil ante ella. Necesito ser la que se encare con ella, necesito hacerlo a solas. Cualquier otra cosa le da a ella la posición superior.

—Va a ir a una prisión de máxima seguridad, Saavik. No tienes porqué preocuparte por ella.

—Señor, ella es romulana. Su venganza será llevada a cabo por cualquier familiar o aliado que pueda tener.

Howes respiró hondo, sin embargo, y se volvió hacia Rhys.

—Está muy callado.

—Siguiendo el buen consejo de una vieja expresión: permanece bajo los radares. Pero como he sido detectado, le daré mi informe. La situación de la comandante Saavik no es grave. Ningún órgano ha sido dañado, y los músculos bajo la piel quemada apenas han sufrido daño. Mínima pérdida de sangre como es habitual en este tipo de heridas, y afortunadamente la herida en el pómulo no ha alcanzado el ojo. La naturaleza fue buena con los vulcanos al darles esos párpados interiores de protección. Pero necesito las próximas horas para regenerar las áreas dañadas, y ella no va a estar en su mejor condición física. Está fuera de servicio hasta mañana.

Saavik objetó.

—Tan sólo necesito hacer una aparición ante la prisionera hoy.

—No, no es así —Howes respondió. — Dejemos que se desespere en los calabozos por hoy. Tendrá la impresión de que no le importa.

—No, señor. Sabrá que me ha hecho daño. Capitán, con todos mis respetos, conozco a esta gente mejor que usted.

Suspiró con fuerza.

—Bueno, jamás pensé que le oiría decir eso. De acuerdo, si Rhys no tiene objeciones, lo haremos a su modo. ¿Doctor?

—Esto no me gusta, pero si no se esfuerza mucho hoy y después permanece en su camarote ¡descansando!, entonces bien.

—Bien, Saavik. Ya tiene sus órdenes.

—A la orden, señor.

Se acomodó en la cama, perdiéndose el modo en que Howes le observaba antes de decir que estaría en el puente si le necesitaba. La piel alrededor de sus ojos y su boca se tensó al sentir las heridas. Un hypo siseó, y la tensión disminuyó.

Rhys murmuró que necesitaba coger algunas cosas y se marchó. Por unos momentos, ella y Spock se quedaron solos.

Él se echó un paso para atrás para que ella pudiera verle más fácilmente y se inclinó hacia ella. Ella no le dio la oportunidad de preguntar.

—Spock, Ajeya es de la Guardia del Infierno.

Por eso era por lo que permanecía de pie en el cuarto de observación de los calabozos horas más tarde. Seguramente habría estado allí de todas formas, para ver lo que ocurría con una prisionera tan importante. Sin embargo, una vez que Saavik le susurró lo de la Guardia del Infierno, nada podía haberlo apartado de allí. De ese modo, en la privacidad de esa habitación separada con las pantallas mostrándole cualquier parte del área de seguridad, él observaba sin ser observado, y sin menoscabar la fuerza de la posición de Saavik.

No era ninguna sorpresa que Howes entrara un momento más tarde. El capitán se sorprendió un poco de verle, después meneó la cabeza mientras reía apenas.

—Debía haberlo sabido.

Se colocó al frente de una pantalla grande que Spock dirigió al área justo fuera de la celda de Ajeya.

—Capitán, un momento de su tiempo.

Howes se volvió hacia él.

—Eso no suena nada bien.

—El día que Saavik y yo nos unimos, usted le entregó un mensaje al Dr. McCoy. Yo debía ser bueno con ella o respondería ante usted y su tripulación.

El otro se rió entre dientes.

—¿Se lo dijo? Bien. Lo decía en serio.

Spock asintió.

—Me satisface el que Saavik sirva bajo un capitán que piensa tan bien de ella. Sin embargo, creía que hacía falta decir que yo espero lo mismo de usted. Y sin embargo, hoy ha ocurrido este problema.

Howes se puso a la defensiva, enfadado:

— ¿A dónde quiere ir a parar?

—Usted sabía que alguien quería hacerle daño, y a pesar de ello la dejó solamente con un pequeño destacamento para defenderse, mientras usted se quedaba en la seguridad de esta nave para ir a mi encuentro.

—¡Espere un momento, embajador! Yo le di órdenes de mantenerse alejada del enemigo hasta que volviéramos. Ella pensó otra cosa. Esto no nos gusta, pero a veces nos ponemos a nosotros mismo en malas posiciones para hacer nuestro trabajo.

—Sí, así es; cuando la Flota Estelar o la Federación está en peligro y no tenemos otros medios. Sin embargo, esta amenaza era contra Saavik personalmente. Como capitán, jamás debió permitirle tomar ese riesgo.

—Disculpe, pero, ¿conoce usted si quiera a la mujer con la que va a casarse? ¿Cree que habría sido así de fácil?

—Conozco la propensión de Saavik a poner su propia vida en peligro si lo cree necesario. También sé que usted tiene la capacidad como su oficial superior de ordenarle que permanezca a salvo.

—De mucho me ha servido eso. Pero tiene razón. Yo podía haber cambiado sus planes y haber hecho que se cumplieran. Pero esto es lo que ella no le dijo: Ella creía que la persona persiguiéndola iba por usted. Que ella estaba siendo usada como un medio para asesinarle. Por eso es por lo que ella se fue por otro lado atrayendo su atención mientras yo venía a recogerle. Mi trabajo es asegurarme de que los civiles, especialmente aquellos puestos bajo mi cargo, --eso significa usted—permanezcan a salvo, incluso si para ello tengo que arriesgar a mi gente y a mí mismo. No tengo que citarle el reglamento, ¿verdad?

Spock se quedó mirando el monitor. Saavik había puesto su vida en peligro por él.

—Eso me parecía.

—Yo... estaba equivocado, capitán. Le pido disculpas.

—No pasa nada. Mire, si le soy sincero, me alegro de saber que se pone así por ella. Estaba empezando a hacerme preguntas acerca de ustedes dos. Daba la impresión de que todo eso que se ha hablado del matrimonio por razones políticas, y de que había sido concertado por su padre era verdad. A fin de cuentas, ustedes duermen en camarotes distintos, apenas se ven, y ninguna de las dos cosas parece molestarles. Pero... recuerdo cuando me ella me dijo que usted estaba en peligro, y les vi juntos aquel día.

Howes apoyó uno de sus codos en la pared, sobre el monitor, y entonces apoyó su cabeza en esa mano, mientras observaba los calabozos.

—Supongo que nunca entenderé a los vulcanos.

Spock lo observó por un instante. Finalmente dijo:

—Manténgala a salvo.

—Con gusto. Usted primero.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que nosotros estamos aquí mientras ella está ahí sola. Ninguno de los dos llegó muy lejos en esta discusión. No es que usted lo intentara.

Spock volvió a contemplar los calabozos.

—Yo no participo en debates inútiles.

Y ella no está ahí sola. Tiene a los dos oficiales de seguridad de guardia, y el campo activado en la celda. Saavik es valiente, no estúpida. Pero Howes ya sabía eso. Sólo estaban observando por su propia tranquilidad.

El capitán del Armstrong sonrió abiertamente.

—Lógico.

Saavik entró en los calabozos y fue directa a la celda de Ajeya. Su uniforme estaba perfectamente planchado, su apariencia pulcra y saludable. Parecía no haber hecho otra cosa en todo el día que trabajar en su escritorio.

Howes miró a Spock de reojo.

—Quería dar una muestra de fortaleza, y lo está haciendo.

Spock sólo asintió en respuesta.

Ajeya estaba esperando de brazos cruzados, apoyándose insolentemente sobre la puerta lo más cerca posible al campo de fuerza.

—Ya era hora, Gatita.

Saavik no se inmutó, pero Spock sabía lo que significaba para Saavik que se proclamara el significado de su nombre.

—Esta nave tiene una misión que llevar a cabo. Su prioridad es secundaria. Y creo que lo entenderá si no le llamo Invencible. Apenas ha hecho honor a su nombre.

Una ligera reacción al insulto, pero no mucha. Ajeya era demasiado veterana para eso.

—No piense que eso significa algo. Nadie me ha mantenido prisionera durante mucho tiempo. Y cuando sea libre, volveré por usted.

—Por sus órdenes.

—Por mis órdenes.

Howes frunció el ceño.

—¿Y qué significa eso?

Spock no le respondió. Saavik estaba jugando un juego peligroso. No sabía que Howes les estaba observando, pero los guardias seguían de servicio en los calabozos. No les podía dejar oír acerca de la Guardia del Infierno, pero si cambiaba de idioma, ¿le indicaría esto a Ajeya que tenía algo que ocultar?

—Entonces me deja pocas opciones —Saavik dijo. Se acercó más hasta que sólo el campo electrónico les separaba. — Debo asegurarme de que no escape, y si me entero de que lo ha hecho, yo iré tras usted.

La voz de Ajeya se endureció.

—No me subestime.

—Le aconsejo que haga lo mismo.

—No puede hacer que le tenga miedo. Ni lo intente.

—No era mi intención. Le estoy advirtiendo de que no me ponga a la ofensiva.

—Guárdese sus advertencias. Le cogí una vez, le volveré a coger. La próxima vez no tendré que tomarla prisionera.

—Yo le deje que me tomara prisionera. La próxima vez será substancialmente diferente.

—Porque la mataré en cuanto la vea.

—Creo que entiende que lo mismo se aplica en su caso.

La sonrisa de Ajeya se burló de ella.

—Eso no es muy vulcaniano por su parte.

—Incluso los vulcanos practicamos la defensa propia. Siga mi advertencia. Sus órdenes son viejas, canceladas por el cuerpo de mando que la sustituyó. Su carrera en el Imperio le ofrece mucho, mientras que esta enemistad no.

—No he jurado enemistad eterna contra usted... todavía.

—Asegúrese de no hacerlo. Una comandante de su experiencia sabe qué batallas librar. No elija esta.

Saavik empezó a marcharse.

Ajeya la llamó.

—¿Eso es todo? ¿Cree que ha logrado algo?

Saavik le habló por encima de su hombro, no dignándose a dar a la romulana nada más.

—Tengo demasiada experiencia como para perder el tiempo repitiéndome. Está en el sistema de detención de la Flota Estelar. El capitán de esta nave, por su jurisdicción, se encargará de cualquier otro problema que pueda causar. No tenemos otros asuntos que tratar hasta el día en que sea tan estúpida como para atraer de nuevo mi atención.

Se marchó, serena y con autoridad, sin una mirada atrás hacia su furiosa prisionera.

Howes silbó por lo bajo en aprecio.

—No se puede hacer mejor. Bueno, mejor me voy a asegurarme que todo está yendo bien con su misión. ¿Viene, Embajador?

—En un momento.

No prestó atención alguna al capitán al marcharse, pero observó con continua fascinación cómo la romulana soltaba juramentos y golpeaba la pared de su celda.

Inspiró profundamente, y la observó moverse de un lado a otro como un predador enjaulado.

¿Podría ser? Había muchas cosas que apuntaban hacia su conclusión, pero, ¿estaba en lo cierto o estaba dando demasiada importancia a las coincidencias?

Mucho dependía de su precisión. Con manos firmes que contrastaban con sus pensamientos, dio para atrás y vio de nuevo el encuentro de Ajeya con Saavik. Eran tan diferentes físicamente, atrapadas juntas en una lucha de voluntades con un campo delgado y transparente como única separación entre ambas.

No, el campo distaba mucho de ser lo único que las separaba. Diferencias en su compostura, en su actitud mental, y en su deseo de estar en aquella lucha les hacían estar a años luz de distancia.

Fascinante. Casi impensable, y si era cierto, peligroso.

Vio la grabación una tercera vez. No importaba cuantas veces buscara errores, lo seguía encontrando correcto. Su siguiente decisión: ¿Qué hacer con su teoría? Tal vez nada. ¿Hacía algún bien contándoselo a Saavik? No sin su teoría confirmada. Para hacer eso, tenía que ir a la prisionera, una acción que exigía que tuviera buenas razones para tener su conjetura confirmada.

Ajeya pretendía matar a Saavik. Si su teoría era correcta, ¿lograría en hecho de que él lo sabía apartarle de ello?

Cuando entró en los calabozos, los guardias sorprendidos se pusieron en firmes. Uno de ellos preguntó:

—¿Podemos ayudarle en algo, Embajador?

Él negó con la cabeza.

—Sólo una pregunta o dos para la prisionera. No tienen porqué molestarse. Permaneceré a este lado del campo, pero les pido que me den toda la privacidad que puedan.

Afortunadamente, le tenían un gran respeto por su anterior carrera en la Flota así como su actual ocupación. Se apartaron todo lo que pudieron, sin preocuparse en pedir permiso a Howes o Saavik. Irónicamente, darle lo que quería por su reputación era una acción que sin duda sería reprobada tanto por Howes como Saavik si se enteraban.

Spock se puso enfrente de la celda. Ajeya lanzó una mirada en su dirección cuando su sombra pasó sobre ella. Sorprendida, detuvo su andar inquieto.

—¿Qué es lo que quiere?

Él le habló en romulano.

—Tratar un asunto de gran importancia.

Ella bufó con impaciencia, pero le contestó en el mismo idioma:

—No tenemos nada que tratar.

—Al contrario, sí lo tenemos —Esperó su respuesta, pero recibió sólo silencioso desprecio. Él se lanzó. — No se parece en nada a usted.

Supo que le había impactado por el modo cuidadoso y repentino en el que mantuvo impasibles sus facciones.

—¿De qué está hablando?

—Sus hábitos le delatan. Ha heredado unos cuantos.

Ella ladeó la cabeza, sus cejas fruncidas mostrando su confusión.

—No sé a qué se refiere.

—Ese es uno de ellos.

Su cabeza se alzó bruscamente, y a continuación la echó para atrás. Le miró con serenidad.

—¿Un qué?

—Ese es otro.

La furia le coloreó el rostro como una ola, y se giró con brusquedad, apartándose de él, volviendo a caminar, goleando su puño contra el muslo.

—Está loco.

—Un tercero. Aunque con el control tan fuerte que tiene ahora, hace ya muchos años que no le he visto hacer este concreto.

Ella se acercó amenazadoramente, sus puños cerrados.

—El que esté aquí encerrada no significa que vaya a escuchar sus divagaciones.

—Asumo que la apariencia física de Saavik es similar a la de su padre dado que no es suya, excepto tal vez el color del pelo, suficientemente común en ambos nuestros pueblos. ¿O tal vez ella se parece a otro miembro de su familia? ¿Un abuelo o así?

Ella fingió aburrimiento.

—Si tuviera razón, ella ya lo habría notado.

—A veces no vemos lo que está justo ante nuestros ojos. A mí me tienen que decir mis propias similitudes con mi padre.

Ella le ignoró, concentrándose en la pared contraria.

—No se hace ningún bien fingiendo ignorancia. Tengo otros hechos que me llevan a su identificación. Usted no está aquí siguiendo unas órdenes antiguas, que supongo que se refieren a Thieurrul de un modo u otro. Como Saavik indicó, esas órdenes fueron anuladas cuando lo que quedaba de la colonia fue puesto bajo control para desarrollo armamentístico. Además, a nadie más en el Imperio le importa si usted no cumplió las instrucciones anteriores. Thieurrul fue abandonada, y de hecho, el planeta fue destruido. Nadie ya le presta atención, ni si quiera otros oficiales que sirvieron allí.

—Sin embargo, si una de los híbridos nacidos allí fuera suya, comandante, y ésta atrajera la atención hacia sí a través de sus éxitos contra el Imperio, usted puede temer las posibles consecuencias si ella es asociada con usted.

Silencio. Duró tanto tiempo que él pensó en marcharse sin confirmar sus sospechas. Quizás fuera lo mejor. Si no lo sabía, no tenía nada que ocultar a Saavik.

Ponderó dicha posibilidad hasta que ella habló, su voz baja y severa como un rugido:

—Se supone que está muerta.

¿Contaba eso como una confesión?

—Admite ser la madre de Saavik.

Ella dio un respingo y le fulminó con la mirada.

—No me insulte. Admito haberle dado a luz. No ponga las cosas peor dándole títulos a esa cosa.

Él asintió con calma.

—Como prefiera.

Empezó a inclinar la cabeza y se detuvo con enfado.

—¿Qué espera ganar con esto?

Evitar que haga daño a Saavik.

—Mostrarle que esta vendetta es innecesaria.

Ella puso una mano a cada lado de la puerta y entrecerró los ojos, pensando, juntando unas piezas con otras.

—¿Y cómo piensa hacer eso? Acaba de señalarme el peligro que es. Entiende mi situación.

Esos ojos eran de un azul más oscuro que el de su madre, con trazos negros surcándolos.

—Le expliqué la situación tal y como la ve usted. Creo que puedo demostrarle que sus preocupaciones son infundadas.

Ella lo pensó por un momento, y su sonrisa por respuesta tenía un toque amargo.

—No, no puede.

—No existe ningún informe de que los romulanos tomaran parte en la experimentación genética. Saavik vive fuera del Imperio. ¿Cómo podría alguien descubrir su relación?

—¡Ella está atrayendo cada vez más atención! ¿Una oficial de la Flota Estelar medio romulana? Los comandantes de las naves la conocen por su nombre. Y yo no soy la única de aquellos tiempos que empieza a temer que nuestros errores pueden acabar pasándonos factura, con la diferencia de que yo soy la que está en peligro porque mi error no murió cuando se supone debió hacerlo.

Por un momento demasiado breve, un orgullo repentino brilló en los ojos de Ajeya contra su voluntad, y sus labios se curvaron hacia arriba; la razón para ello era fácil de ver: Saavik había sobrevivido, Saavik era la que lograba la aprobación de sus enemigos. No los otros híbridos: Saavik. La suya.

Entonces el orgullo fue suprimido con tal ferocidad que Spock dudó que pudiera apelar a él.

Ajeya volvió a su discurso original.

—Tengo enemigos, personas que saben cómo aprovechar cualquier oportunidad que se les brinde. Alguien la toma prisionera; se preguntaran de dónde ha salido, y cómo pueden usar ese conocimiento para la extorsión.

Él meneó la cabeza, honestamente confundido.

—Sigo sin ver porqué. Thieurrull ya no existe. A nadie le importa éste o lo que pasó en él.

Ella le sonrió con desdén.

—Y luego dicen que los vulcanos se quedaron con todo el cerebro cuando nos marchamos. ¡Demuéstrelo un poco! Si mi enemigo es uno de esos mal llamados guerreros “honorables”, se harán los horrorizados por lo que ocurrió en Thieurrull. Si son honestos y admiten que vendieron su honor para poder avanzar, se burlarán de la gente que estuvo allí. Thieurrull fue un fracaso y pudo avernos llevado a la guerra con la Federación por sustraer vulcanos.

Su sonrisa se amplió.

—Lo único que nos salvó fue el completo terror de su gente a hablar de su impulso sexual. Ustedes nunca dirán a la Federación o a la Flota Estelar lo que ocurrió en Thieurrull, y por eso seguimos a salvo.

Su furia volvió:

—Pero la posibilidad de que se descubra está ahí, y mi parte de ésta es algo que alguien puede usar en mi contra. ¡Nada existe que me relacione con ese lugar de mala muerte salvo ella!

—Las probabilidades son extremadamente bajas de que...

—Pero están ahí. No he sobrevivido todo este tiempo dejando mis armas tiradas por ahí para que mis enemigos pudieran encontrarlas.

Dio un golpe a la pared para enfatizar la frase.

—No estoy hablando de cubrir mi rastro, estoy hablando de eliminarlo por completo como si jamás hubiera estado ahí.

La mente de Spock voló con distintos argumentos, tratando de sacar alguna respuesta.

—Sigue en pie una cuestión: si tanto le preocupaba, ¿por qué esperó tanto?

—Yo no le puse nombre, los científicos al frente de todo lo hicieron —se detuvo en medio de su discurso, y Spock vio cómo se retraía en el interior de su mente. — Ni si quiera sé su nombre, el del vulcano. No quería saberlo. Eso fue el único nombre que le di.

¿El vulcano? Pensó Spock. Qué frío. ¿Por qué?¿Para hacer al hombre menos real? Él era real. Como lo es Saavik. Pero entonces, ¿por qué la voz de Ajeya se volvía ronca?

—Así que no sabía que ella era mi... quien era. De hecho, había pensado hacer exactamente lo que le he dicho que harían mis enemigos. Pensaba averiguar quien era el responsable de ella y usar esa información. Pero entonces conseguí su ficha, y la vi por primera vez —Spock pudo oír cómo tragó saliva. — Ella se parece mucho a él. Entonces fue cuando lo supe.

Se calló, y su rígido control se derrumbó.

—Él se quitó la vida poco después de su nacimiento. Se la llevaron después de enseñársela, y le oí decir que había deshonrado a su familia por completo. Y, ¿cuál era la esperanza de vida en Thieurrull de todos modos? Así que hizo lo lógico, y lo honorable. Cuando lo abandonaron en las calles, se suicidó de forma ritual bajo el sol. Vi cómo entraban su cuerpo. — La fuerza de sus ojos, tan ofuscados y tan angustiados, fue cómo un golpe físico para él. — Ahí acabó el honor.

Ella parecía mortificada por lo que acababa de revelar, y rápidamente volvió a mostrar su desprecio. Demasiado tarde.

—Créame, si hubiera sabido que era mi fallo, habría venido antes. Tengo suerte de que no sea peor. —Alzó la mirada alarmada.— Dijo que en mi ficha faltaba información. No tendrá hijos, ¿verdad?

—Actualmente, no.

—Mejor. No necesito más evidencias contra mí. Un momento. ¿Actualmente?

—Si todo va bien, en el futuro los tendrá.

Ella entrecerró los ojos.

—Con usted.

Él asintió, contento al pensar en ello, como siempre.

—Así que es por eso por lo que está aquí. ¿Quién es usted?

Un segundo después, sus ojos se abrieron como platos para entrecerrarse de nuevo, y le maldijo con vehemencia. No era sorprendente que no le reconociera antes. Como había dicho, muchos de entre sus pueblos conocían los nombres y la reputación de sus enemigos, pero no siempre su apariencia. Pero sabía que el Armstrong se iba a reunir con él, y él tenía una condena romulana a muerte sobre su cabeza.

Al oír sus airadas maldiciones, el personal de seguridad presente desenfundó los fásers y comprobaron la pantalla de seguridad, reconociendo el tono si bien no entendiendo más de lo que habían entendido el resto de la conversación. Ella guardó silencio mientras ellos hacían esto, y se apartó de la pared al mismo tiempo que ellos se echaban para atrás. Spock vio que no había nada más que pudiera hacer.

—Coge lo que sabes —dijo Ajeya— y ve a decírselo a ella para lo poco que te pueda servir. Tengo aliados al igual que enemigos, y dos naves propias. No seré su prisionera por mucho tiempo.

¿Era eso algo que él pudiera usar?

—¿Tan segura está? Para ser alguien que cree que es vulnerable por algo que ocurrió hace décadas, tiene mucha gente dispuesta a ayudarle.

Sonrió mostrándole sus dientes.

—Sé cuándo pagar bien a la gente por su lealtad. Escaparé.

—¿Cuándo dice que el honor no es nada más que algo para ser vendido? ¿No venderán ahora sus aliados el suyo, abandonándole?

Ella se le quedó mirando largo tiempo.

—Está asustado.

Él alzó una ceja.

—No.

—¿Entonces por qué no corre a decirle lo que sabe?

—Todavía no hemos resuelto este asunto entre nosotros.

—Y nunca lo haremos. Váyase.

Él se tomó un segundo de pausa, reagrupó sus pensamientos y volvió a intentarlo:

—Comandante...

—Está asustado.

—Ya he respondido...

—Usted le dice quien soy y ella exige un duelo de retribución. ¿Estoy en lo cierto? —Ella le miró a los ojos, y él sintió que no podía apartar la mirada. — De eso es de lo que tiene miedo. ¿La conoce? ¿La conoce de verdad?

—Bastante bien.

—Entonces, lo ha visto, ¿no es así? La parte de ella que viene de mí.

Se dijo a sí mismo que el hecho de que Ajeya siguiera hablando era lo importante. Podía ignorar las palabras en sí mismas, sin embargo, el que se abriera tanto podría llevarles a un punto en el que pudiera negociar.

—Supongo que ya no estamos hablando de hábitos. ¿Podría ser más específica?

Ajeya golpeó con los nudillos la pared de la celda.

—Hace su vida en una nave estelar.

—Se está dando demasiada importancia. El padre de Saavik servía en una nave estelar, y también una mujer llamada T’Pren que cuido de ella y que le dio las estrellas como regalo. Ella las ha conservado. No tiene nada que ver con usted.

—Ah, yo creo que sí. Sirve en una nave militar de la Federación con toda su capacidad y su tendencia hacia la violencia. Ella eligió esto en vez de la ciencia y la exploración pacífica de la fuerza espacial de Vulcano.

—Una argumentación débil. Ella no es la única vulcana sirviendo en la Flota Estelar.

—Pero los humanos y los demás no pueden ver la parte de ella que no es vulcana, ¿no es verdad? Me apuesto lo que quiera a que si preguntáramos a la tripulación, dirían que ella no es en absoluto distinta a cualquier otro par de orejas puntiagudas de este lado de la Zona Neutral. Pero si sirviera sólo con vulcanos, esa parte queda destacada como una antorcha en la oscuridad frente a ellos. Así que se esconde en la Flota Estelar donde nadie puede ver las rajas en su fachada.

Él empezó a discutir, pero ella le cortó.

—No se moleste en responderme. Ya lo sé. La lista de mis mejores cualidades incluye el ser difícil de matar, decidida a sobrevivir, y despiadada si hace falta. Y ella las ha heredado todas. ¿Cuántos de los otros mestizos murieron en Thieurrull? ¿Cuántos de ellos murieron porque ella los mató? ¿Y qué más hizo para sobrevivir? ¿Cuántas más atrocidades que vosotros, panda de pacifistas del Planeta Madre, nunca haríais?

Cada una de las preguntas le hería sin posibilidad de recuperación antes de que le lanzara la siguiente puñalada. Ella se inclinó hacia delante.

—Sabe bien que no debe apelar a mi compasión, dado que violé a uno de los suyos, y después llevé en mi seno a su prometida sabiendo en todo momento que después me desharía de ella. Pero, ¿sabe porqué hice todo esto? ¿El vulcano? ¿Ella? Mi Casa fue una vez una de las más nobles del Imperio hasta que un nuevo pretor provocó nuestra caída. Como habíamos apoyado a su oponente, buscó nuestra ruina. Pero Thieurrull era el proyecto en el que había que participar. Prometía poder y gloria, así que hice todo lo que hice para el renacimiento de mi Casa... sólo para lograr que el fracaso de Thieurrull se convirtiera en mi fracaso, y en el fracaso de mi familia. Pero lo hice. Vendí mi honor. Me costó mi marido, y me podría costar mis hijos si ellos se enteraran, pero eso es todo lo que estoy dispuesta a hacer para sobrevivir. Y eso es lo que hay en su prometida y lo que pasará a sus hijos. Le sugiero que nunca les dé la espalda.

Él guardó luto por la persona que una vez había sido Ajeya y nunca lo sería de nuevo. Si algo de ella era salvable, esto había sido salvado en Saavik.

Vio a dónde iban sus pensamientos y remató sus palabras.

—Ella ya me ha amenazado de muerte una vez, y usted tiene miedo de que si averigua quien soy, intente llevar a la práctica esa amenaza. O muere ella, la única posibilidad real, o, sólo para este debate, ella me mata. ¿Qué es lo que le da más miedo? ¿Cómo la Flota Estelar la expulsará por no ser vulcana? ¿O ver esa parte de ella en primera persona?

Cuando conoció a Saavik, ella justo había matado a alguien, y a continuación le tuvo a punta de cuchillo toda la noche. Tenía diez años aproximadamente, e hizo ambas cosas sin pensárselo dos veces. Recordaba sus palabras de unos veinte años más tarde: ¿Debemos hablar de cada atrocidad? ¿De las que me hicieron a mí? ¿De las que yo cometí?

Pero el chico al que había matado cuando se conocieron estaba a punto de matar a Spock, alguien que ella no conocía, y al que salvó igualmente. Y ella le tuvo a punta de cuchillo por el conocimiento inconsciente de que bajo la montaña se encontraba el lugar donde los vulcanos morían.

—Está equivocada —dijo. — No temo ver los defectos de Saavik. Ya los he visto, y ella ha visto los míos.

—Me doy cuenta de que no discute la parte de lo que la Flota Estelar haría. Así que no tiene miedo de lo que usted cree que ya ha visto, sino de lo que ocurriría si la Federación lo viera.

Era verdad. Cuando un oficial hacía el juramento al alistarse en la flota, juraban dejar de lado toda posible cuestión personal o cultural que estuviera en conflicto con los ideales de la Federación. El castigo sería tan severo si Saavik asesinara a Ajeya por venganza.

Y eso no le detendría.

¿Buscaría la venganza? Había pasado mucho tiempo desde la última vez que habían hablado abiertamente de ello. ¿Se había librado ya de ese fantasma o todavía seguía considerando la venganza como su derecho innegable del que ya no necesitaba hablar?

¿Debemos hablar de cada atrocidad...? ¿De las que yo he cometido?

El brillo en la mirada de Ajeya le resultó desagradable.

—Está afectado —le dijo ella. — Le he hecho dudar.

Él pensó en ello, y meneó la cabeza.

—No, no lo ha hecho. Me ha hecho ver que no todo queda en el pasado, pero no cambia mi vínculo con ella.

—Eso dice. Ya veremos si es verdad. Pero le advertiré de nuevo, aunque no sea más que porque me gusta ver cómo le afecta. Interpóngase en su camino y ella le sacrificará. De igual modo que yo sacrifiqué a mi marido y al vulcano.

—Sólo me demuestra lo poco que la conoce, comandante. Sin embargo, sé lo inútil que resulta intentar de nuevo convencerla.

—Entonces más le vale que se vaya —Ajeya dijo. — Yo he hecho mi amenaza, usted la suya.

Sus cejas se levantaron, casi formando una línea sobre su frente.

—¿Mi amenaza?

—Yo le he demostrado que iré a por ella. Usted me ha demostrado que si lo hago, irá a por mí. Un círculo vicioso, ¿no cree? Pero he jugado a este juego por más tiempo y mejor que usted. Haría bien en recordar eso.

Entró al camarote de Saavik. Estaba oscuro salvo por la luz de su escritorio, y la luz mortecina del fuego que brillaba en el dormitorio. El contraste de la luz y la sombra centelleaba sobre su colección de armas en la pared.

Ella estaba sentada en una silla, envuelta en su túnica roja oscura. Tenía los brazos cruzados por el cansancio, no por enfado, y había girado la silla para ponerse frente a la puerta.

—Fuiste a verla.

—Lo hice —dijo él con suavidad.

—Sabía que habías estado demasiado callado antes —ella le preguntó con una paciencia que se debilitaba: — ¿Tiene esto algo que ver con la Unificación?

Él sabía que eran los romulanos como Ajeya los que le impedían ver su punto de vista.

—No, sólo curiosidad.

—¿Referente a?

—Referente a mi creencia de que podría convencerle de cancelar la enemistad jurada contra ti. Tenía que intentarlo.

Ella descansó su cabeza sobre su mano, de modo que la luz de la mesa iluminaba apenas sus ojos. Él vio como brillaban cálidamente al oír sus palabras.

—¿Tuviste éxito?

—No. No atiende a la lógica. Y tampoco a su sentido de la nobleza.

Ninguno de los dos tenía nada que decir. Al momento, Saavik cambió de postura en la silla como si el costado le doliera. El costado, el hecho de que casi muere hoy, y la vuelta de nuevo de la Guardia del Infierno, esta vez en la forma de Ajeya.

—Deberías estar descansando —le dijo con dulzura.

—Lo estoy —le llegó el leve toque de humor.

—Intenta dormir.

Ella se levantó y caminó hacia el dormitorio. Él alzó una mano al pasar ella a su lado. Ella paró y le miró, con curiosidad.

Él pensó en preguntarle si todavía quería vengarse de su padre romulano, pero ella era demasiado inteligente como para no hacer la conexión. Y además, si la respuesta era sí, abriría una puerta que prefería no abrir.

Pero resultaba difícil ocultárselo. Si ella lo descubría y seguramente lo haría (después de todo, ¿cómo mantener un secreto en su mente con el vínculo que los unía?), ¿entendería ella que se había guardado el secreto por su propio bien?

Él extendió sus dos primeros dedos, y encontró un cierto alivio al contacto con ella.

—Si quieres, me quedo.

Ella asintió de nuevo, y él se sentó junto a ella mientras ella se tumbaba en la cama. Permanecieron de ese modo, en la oscuridad, sin necesidad de palabras.

Ajeya escapó un mes después en su traslado a juicio.